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Una deuda de 40 billones que ya no puede permitirse tipos altos

En agosto de 2026, la deuda pública de Estados Unidos alcanzó un récord histórico: 40 billones de dólares.

El déficit fiscal se mantiene instalado en torno al 6% del PIB, un nivel que en cualquier otro país sería motivo de alarma inmediata, pero que en la mayor economía del mundo se ha normalizado tras años de gasto expansivo, guerras comerciales y una política fiscal que ningún gobierno, ni demócrata ni republicano, ha estado dispuesto a corregir de fondo. El propio secretario del Tesoro, Scott Bessent, lo resumió con una frase que ha dado la vuelta a los mercados: “no hay nada mágico en deber 40 billones de dólares”. Detrás de esa frase, sin embargo, hay una maquinaria de gestión de la deuda cada vez más sofisticada, y una segunda crisis, la japonesa, que se ha entrelazado con la estadounidense hasta el punto de que hoy resulta difícil hablar de una sin mencionar la otra. Este es el hilo que conecta ambas historias, tal y como también expone Juan Ramón Rallo en su análisis en YouTube sobre el plan Bessent y sus implicaciones globales.

Qué es exactamente el “plan Bessent”

Cuando se habla del “plan Bessent” o del “put de Bessent”, en realidad se está describiendo una estrategia muy concreta de gestión del perfil de vencimientos de la deuda estadounidense, no un plan de reducción del déficit. Ante la escalada de los rendimientos de los bonos a largo plazo el bono a 30 años llegó a rozar el 5,28%, y el de 10 años se disparó por el temor a la inflación, la guerra con Irán y la presión financiera derivada de las gigantescas inversiones en inteligencia artificial, el Tesoro decidió actuar directamente sobre el mercado.

La mecánica es la siguiente: el Tesoro ha duplicado sus recompras de bonos con vencimientos entre 10 y 30 años, pasando de 2.000 a un mínimo de 4.000 millones de dólares por operación, con el objetivo declarado de sostener la demanda y contener la subida de los tipos largos. Para financiar esas recompras sin depender de la Reserva Federal, el Tesoro está emitiendo más deuda a corto plazo letras (T-bills) a 3 y 6 meses y usando esos fondos para retirar bonos de largo plazo del mercado. El resultado es un aplanamiento artificial de la curva de tipos: baja la presión sobre los plazos largos, pero sube el coste de financiación a corto plazo.

Los analistas han bautizado esta operación como un eco de la histórica “Operación Twist” que ejecutó la Reserva Federal en 2011, cuando vendió cientos de miles de millones en deuda corta para comprar deuda larga y así abaratar las hipotecas y el crédito a largo plazo. La diferencia esencial es que la Fed, en su día, podía crear dinero para intervenir sin límite mediante flexibilización cuantitativa; el Tesoro de Bessent no tiene esa capacidad. Su margen de maniobra depende de lo que sea capaz de recaudar emitiendo deuda, lo que convierte a esta versión del Twist en una intervención mucho más modesta y, según varios analistas, de eficacia limitada: los rendimientos a 10 años, tras el anuncio, se revirtieron en cuestión de días.

Deuda a corto y a largo plazo: por qué importa tanto el plazo

Para entender por qué esta estrategia resulta tan delicada hay que distinguir los dos grandes tipos de deuda que emite el Tesoro estadounidense. Las letras del Tesoro (T-bills) son instrumentos a corto plazo, con vencimientos de días hasta un año, que normalmente pagan un tipo de interés más bajo porque el riesgo de mantenerlas es menor y su liquidez es altísima. Los bonos a medio y largo plazo (notes a 2, 5 y 10 años, y bonds a 20 y 30 años) incorporan una prima de riesgo mayor, ya que el inversor queda expuesto durante más tiempo a la inflación, a subidas de tipos futuras y a la incertidumbre fiscal del emisor.

Emitir más deuda corta resulta, a corto plazo, más barato y permite calmar el mercado de bonos largos sin tener que ofrecer rendimientos más altos para atraer compradores. Pero tiene una contrapartida seria: obliga al Tesoro a refinanciar una porción mucho mayor de su deuda con mucha más frecuencia, lo que le deja peligrosamente expuesto a que los tipos a corto plazo suban justo cuando toca renovar esos vencimientos. Es, en esencia, cambiar riesgo de tipo de interés a largo plazo por riesgo de refinanciación a corto plazo, una apuesta que funciona mientras la Reserva Federal mantenga o baje los tipos de referencia, y que se vuelve muy costosa si la inflación obliga a mantenerlos altos por más tiempo del previsto.

Japón, el epicentro de una tormenta paralela

Mientras Washington intenta domar su propia curva de tipos, al otro lado del Pacífico se está rompiendo un equilibrio que llevaba más de tres décadas sosteniendo buena parte del sistema financiero global. Japón ha sido, durante años, la fuente de financiación más barata del planeta: con tipos de interés próximos a cero o negativos desde los años noventa, el país se convirtió en la divisa de referencia para el llamado “carry trade”, una estrategia en la que los inversores se endeudan en yenes a coste casi nulo para invertir ese dinero en activos de mayor rendimiento en dólares, en bonos del Tesoro estadounidense o en bolsa. Ese flujo constante de capital japonés hacia activos en dólares ayudó, durante décadas, a mantener bajos los tipos de interés estadounidenses.

Ese paradigma se ha roto. El Banco de Japón, presionado por una inflación persistente y por un yen que ha llegado a mínimos de varias décadas, ha ido subiendo los tipos hasta niveles no vistos en 30 años, y los rendimientos de la deuda pública japonesa (los JGB) han escalado a máximos históricos: la última subasta de bonos a 20 años se quedó prácticamente sin compradores, con rendimientos que superaron el 5,1% frente al 4,6% previo. Japón arrastra, además, una deuda pública que ronda el 250% de su PIB una de las más altas del mundo desarrollado, y que según algunas estimaciones de analistas como Ray Dalio se acerca al 450% si se incluye la deuda privada, lo que hace que cualquier subida sostenida de tipos encarezca de forma dramática el servicio de esa deuda.

La consecuencia más relevante para Estados Unidos es que Japón es, con diferencia, el mayor tenedor extranjero de deuda estadounidense, con alrededor de 1,19 billones de dólares en bonos del Tesoro, muy por delante de Reino Unido y China. Y ese colchón se está reduciendo: instituciones japonesas como el banco agrícola Norinchukin han liquidado decenas de miles de millones en bonos soberanos estadounidenses y europeos, y los inversores nipones llevan meses vendiendo deuda de EEUU a un ritmo acelerado, en parte para repatriar capital y sostener el yen, en parte porque ahora pueden obtener rendimientos atractivos sin salir de su propio país. Ese es precisamente el “miedo de Bessent”: que la mayor fuente de demanda extranjera de deuda estadounidense empiece a desaparecer justo cuando Washington más necesita colocar nuevas emisiones.

Cómo Estados Unidos está sosteniendo a Japón

Ante el riesgo de que la debilidad del yen y la inestabilidad de los JGB derivaran en una crisis abierta, Washington ha optado por intervenir directamente, algo inusual en la política cambiaria estadounidense de los últimos veinticinco años. En julio de 2026 el Tesoro de EEUU participó, junto a las autoridades japonesas, en la primera compra conjunta de yenes desde 1998, vendiendo euros de sus reservas para adquirir yenes y frenar así la caída de la divisa nipona, que Bessent calificó de “considerablemente infravalorada”. Días después, el propio Bessent declaró que su país haría “todo lo que sea necesario” para ayudar a Japón a estabilizar su moneda, siempre que esa ayuda beneficiara también a la economía estadounidense.

Ese respaldo se ha canalizado, sobre todo, a través del mecanismo FIMA de la Reserva Federal (Foreign and International Monetary Authorities repo facility), creado durante la pandemia para dar liquidez en dólares a bancos centrales extranjeros. Bessent ha respaldado que el Banco de Japón utilice esta línea para obtener hasta 60.000 millones de dólares, y ha llegado a sugerir que la Fed debería ampliar su capacidad, argumentando que el mercado de bonos global es hoy mucho mayor que cuando se diseñó el mecanismo. Esto convierte a la Reserva Federal, de facto, en un respaldo de última instancia para la estabilidad financiera japonesa, algo que hasta hace poco habría parecido impensable.

Esta colaboración, sin embargo, no está exenta de fricciones. Bessent quiere que el Banco de Japón suba tipos con más decisión para frenar la debilidad del yen, mientras que la primera ministra Sanae Takaichi se muestra mucho más cautelosa, temerosa de repetir el error que en 2006 llevó a su mentor político, Shinzo Abe, a apoyar una subida de tipos que terminó ahogando la recuperación económica del país. Esa divergencia de objetivos Washington empujando hacia tipos más altos, Tokio resistiéndose ha debilitado el efecto psicológico de las intervenciones conjuntas y explica por qué, pese al apoyo estadounidense, el yen y los JGB siguen mostrando episodios de inestabilidad.

Por qué el hundimiento de Japón arrastraría a la economía global

La pregunta que subyace a todo este episodio es por qué Washington se ha involucrado tan directamente en un problema que, en apariencia, es doméstico de Japón. La respuesta tiene dos capas. La primera es financiera y directa: si Japón, como mayor acreedor extranjero de Estados Unidos, se viera forzado a vender masivamente sus bonos del Tesoro ya sea para defender el yen, para cubrir pérdidas en su balance o por pura necesidad de liquidez, el mercado de deuda estadounidense se quedaría sin uno de sus principales compradores justo cuando el Tesoro necesita colocar más emisiones que nunca. Eso presionaría al alza los rendimientos, encarecería aún más el servicio de la deuda de EEUU y podría desencadenar la propia espiral que el plan Bessent trata de evitar.

La segunda capa es la del carry trade y la liquidez global. Décadas de financiación barata en yenes han creado un volumen masivo de posiciones apalancadas repartidas por todo el mundo: fondos, bancos y grandes inversores que se financian en yenes para comprar activos en dólares, en emergentes o en bolsa. Cuando el yen se aprecia con rapidez como ocurrió en agosto de 2024, cuando una subida de tipos del Banco de Japón hizo caer el índice Nikkei más de un 12% en una sola sesión y arrastró al S&P 500 cerca de un 6% en pocos días, esos inversores se ven obligados a recomprar yenes de golpe para cerrar sus posiciones, lo que retroalimenta la apreciación de la divisa y multiplica las ventas forzosas de activos en todo el mundo. Japón, en otras palabras, no es solo un mercado más: es una de las tuberías centrales de la liquidez global, y cualquier ajuste brusco en su política monetaria se transmite de forma desproporcionada al resto del sistema financiero, desde los mercados emergentes hasta la propia bolsa estadounidense.

Cómo se ha llegado hasta aquí

El origen de este cruce de crisis se puede resumir en una cadena de decisiones acumuladas durante más de una década. Estados Unidos ha convivido con déficits fiscales estructurales desde la crisis financiera de 2008, agravados por el gasto de la pandemia, las sucesivas rebajas fiscales y el aumento del gasto en defensa e infraestructuras de inteligencia artificial, sin que ningún gobierno haya emprendido una consolidación fiscal seria. Al mismo tiempo, la Reserva Federal ha mantenido tipos elevados durante más tiempo del previsto para combatir una inflación persistente, encareciendo el servicio de una deuda cada vez mayor.

En paralelo, Japón salió de tres décadas de tipos cero y deflación crónica el país llevaba desde los años noventa financiando al mundo prácticamente gratis justo cuando la inflación global también llegó a sus costas, obligando al Banco de Japón a normalizar su política monetaria. Esa normalización, deseable en términos internos, coincidió con un momento en el que el resto del mundo, y en particular Estados Unidos, dependía más que nunca de que Japón siguiera comprando deuda extranjera y manteniendo el yen como divisa de financiación barata. Cuando el yen empezó a debilitarse con fuerza por el diferencial de tipos con EEUU, y los JGB empezaron a ofrecer rendimientos atractivos por primera vez en generaciones, los incentivos que sostenían el carry trade y la demanda japonesa de bonos estadounidenses se invirtieron a la vez, generando la tormenta perfecta que hoy obliga a Washington y Tokio a intervenir de forma conjunta.

Qué soluciones se están planteando

Sobre la mesa hay, en realidad, varias respuestas que se están intentando de manera simultánea, con distinto grado de éxito. La primera es la que ya se ha descrito: la gestión activa de la curva de tipos por parte del Tesoro estadounidense, combinando recompras de deuda larga con emisión de deuda corta, a la espera de que la Reserva Federal recorte tipos y alivie la presión sobre el conjunto de la curva. Junto a ella, Bessent y el director de Presupuesto, Russ Vought, han anunciado una iniciativa de consolidación fiscal orientada a recortar varios cientos de miles de millones de dólares en gasto considerado ineficiente, aunque los detalles concretos y su viabilidad política siguen siendo inciertos.

La segunda vía es la cooperación monetaria y cambiaria con Japón: la intervención conjunta en el mercado de divisas, la ampliación del mecanismo FIMA de la Reserva Federal para dar liquidez en dólares al Banco de Japón, y la presión diplomática para que Tokio suba tipos de forma más decidida sin provocar una recesión. Esta vía busca, en esencia, comprar tiempo: evitar una caída desordenada del yen y de los JGB mientras ambos países ajustan sus políticas de manera gradual.

Existe, sin embargo, una tercera lectura, más crítica, que comparten distintos economistas de tradición liberal y austriaca entre ellos Juan Ramón Rallo, en el análisis que sirve de referencia a este artículo: la de que estas intervenciones, por muy sofisticadas que sean, no resuelven el problema de fondo, que es el exceso estructural de deuda y de déficit tanto en Estados Unidos como en Japón. Desde esta perspectiva, maniobras como el “put de Bessent” o el respaldo de la Fed al Banco de Japón se parecen más a formas de represión financiera usar la ingeniería de la deuda y la coordinación entre bancos centrales para mantener artificialmente bajos los tipos de interés que a soluciones reales, y advierten de que, sin una reducción efectiva del gasto público y del déficit en ambos países, estas intervenciones solo posponen el ajuste, a costa de acumular más riesgo para el día en que el mercado deje de tolerarlo.

Entre ambas posturas, la mayoría de analistas coincide en que el escenario menos malo es el de una normalización gradual: subidas de tipos japonesas medidas y bien comunicadas, una consolidación fiscal estadounidense real y no solo cosmética, y mecanismos de respaldo mutuo como el FIMAreservados para episodios de estrés puntual, no como sustituto permanente de la disciplina fiscal. El riesgo, como advierten tanto los informes de mercado como voces críticas como la de Rallo, es que la ventana para hacerlo de forma ordenada se esté cerrando, y que un nuevo episodio como el de agosto de 2024 cuando el desenlace del carry trade hizo temblar a las bolsas de medio mundo en cuestión de días termine forzando el ajuste de manera mucho más brusca de lo que ningún gobierno querría.

En síntesis

Lo que está ocurriendo entre Washington y Tokio no es un episodio aislado, sino la consecuencia de dos décadas de políticas monetarias y fiscales que se apoyaban mutuamente sin que nadie reparara demasiado en la dependencia que generaban. Estados Unidos necesitaba compradores baratos y constantes de su deuda; Japón necesitaba un lugar donde colocar el ahorro que generaba su economía envejecida y su política de tipos cero. Mientras esa relación funcionó, ambos países pudieron posponer decisiones fiscales difíciles. Ahora que se ha roto, Washington se ve obligado a sostener directamente la estabilidad financiera japonesa, no por generosidad, sino porque una crisis en Japón golpearía de lleno al propio mercado de deuda estadounidense y, con él, a la liquidez de la economía global entera.

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